Mostrando entradas con la etiqueta tesis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tesis. Mostrar todas las entradas

3.12.08

3. Andar

…un conocimiento tan ciego como en el cuerpo a cuerpo amoroso
Michel de Certeau
El verbo andar figura desde el origen del castellano y puede ser rastreado en el latín vulgar ambitare que significaba ‘dar vueltas, rodear’[1]. Respecto a su significado el Diccionario de la Real Academia Española[2] en un adelanto de su 23.ª edición le atribuye diecinueve sentidos diferentes. Vale la pena detenerse a revisar por lo menos cuatro:

1. intr. Dicho de un ser animado: Ir de un lugar a otro dando pasos.

Esta definición no requiere mayor explicación, andar como sinónimo de caminar quizá sea la manera más común en la que se utiliza. Cuando Francesco Careri[3] propone al andar como una práctica estética, se refiere a este acto, el caminar como la manera más elemental de arquitectura. De la misma manera lo hace Michel de Certeau[4], al hablar del andar, o caminar, como un acto de enunciación donde el cuerpo de los caminantes “obedece a los trazos gruesos y a los más finos [de la caligrafía] de un ‘texto’ urbano que escriben sin poder leerlo”.

4. intr. estar (hallarse en un determinado estado). Andar alguien bueno o malo, alegre o triste, torpe o prudente.


Generalmente utilizada en este sentido para expresar sentimientos, y puede no implicar movimiento por el espacio. Uno puede andar de malas una mañana completa sin necesidad de levantarse de la cama, o se puede andar de buenas sentado un par de horas en una banca.

5. intr. haber (hallarse, existir). Andan muchos locos sueltos por la calle.


Uno de los ejemplos que más nos competen y el diccionario nos otorga un excelente ejemplo, andan muchos locos sueltos por la calle, decíamos antes que nuestra respuesta a la ‘pulsión migratoria’ en la ciudad es lo que nos otorgaba nuestra existencia como ciudadanos, ahora podemos afirmar que andar es sinónimo de esa existencia.

17. tr. recorrer (atravesar un espacio). Andar el camino. Andar todas las calles
del pueblo.

Atravesar el espacio, pero lo más importante es que no implica la acción de caminar como en la primera definición, sino que puede realizarse por distintos medios y facilitado por distintos objetos además del calzado, esto nos brinda una amplísima gama de posibles maneras de andar por la ciudad.

En resumen, y hasta este momento podemos manifestar que andar es: movimiento, pero no necesariamente; es ir de un lugar a otro caminando, o hacerlo de otras maneras; es existir y hallarse en un determinado estado; ser y estar.

Ahora atenderemos a un par de autores a quienes ya hicimos referencia previamente, ambos toman la primera definición del andar, pero llevan el caminar mucho más allá del acto en sí mismo. De Certeau discute de sintéticamente pero con gran profundidad el fenómeno del andar, la intención de citarlo no es otra más que invitar a leer directamente lo que él tiene que decir al respecto.

Andar es no tener lugar. Se trata del proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio. El vagabundo que multiplica y reúne la ciudad hace de ella una inmensa experiencia social de la privación del lugar; una experiencia, es cierto, pulverizada en desviaciones innumerables e ínfimas (desplazamientos y andares), compensada por las relaciones y los cruzamientos de estos éxodos que forman entrelazamientos, al crear un tejido urbano, y colocada bajo el signo de lo que debería ser, en fin, el lugar, pero que apenas es un nombre, La Ciudad.[4]


Careri argumenta que “el recorrido se convirtió en la primera acción estética que penetró en los territorios del caos, construyendo un orden nuevo sobre cuyas bases se desarrollo la arquitectura de los objetos colocados en él”. Después se detiene a analizar distintos momentos históricos en los que el andar ha sido, indiscutiblemente una práctica estética.

Andar contiene los significados simbólicos de aquel acto creativo primario: el errar en tanto que arquitectura del paisaje, entendiendo por ‘paisaje’ el acto de transformación simbólica, y no sólo física del espacio antrópico.[3]


Y cómo ellos dos, innumerables personas o grupos se detienen a reflexionar sobre el andar, todos con diferentes propuestas: las derivas, el flaneûr, etc.[5], ahora toca pensar en el andar como una vía para habitar la ciudad. Decíamos que el andar no se limita al acto de caminar, por eso andamos en bicicleta, en camión, en tren, algunas veces decimos que andamos en automóvil, y aunque sea correcto decirlo, el traslado en automóvil no construye ciudad ni nos hace ciudadanos. El uso del automóvil se incrementa junto con la segregación y destrucción de espacios que implica su abuso. Esto puede tener una infinidad de causas, pero basta acudir al sentido común para comprenderlo. Factores que varían desde el crecimiento desmesurado de las ciudades que aumenta las distancias entre las casas y de éstas con los proveedores de servicios, hasta el ver como un lujo el poder salir al espacio público sentado en un sillón, aunque encerrado en una caja de metal y vidrio sin necesidad de exponerse al sol, lluvia, personas de apariencia diferente, esperas interminables en las paradas de camión, carteristas o silbidos que persiguen minifaldas. Por ello, a pesar de no ser justificable, el uso irracional del automóvil se puede explicar sin problema.

Una manera de disminuir el uso del automóvil es comenzando a utilizar el medio que tenemos incorporado para cumplir con esa necesidad, las piernas, andar. No es necesario ser un anatomista para darse cuenta de que el cuerpo humano está hecho para moverse con las piernas, y por ello al caminar o al andar en bicicleta, patines, patineta, o lo que sea que requiera un impulso generado por nuestro propio cuerpo nos hará satisfacer esa necesidad de movimiento. Estos medios más humanos de moverse nos hacen vivir el trayecto de una manera diferente, nos otorga una infinidad de momentos y cosas que percibir, puede hacer que el trayecto a nuestro destino sea tan relevante como el destino mismo, es más, hasta puede suceder que el trayecto supere lo que hagamos cuando lleguemos al final del recorrido. El movimiento por el movimiento es un acto en peligro de extinción, la ‘pulsión migratoria’, recorrer un lugar y permitirle encuentro con toda la serie de accidentes que suceden mientras uno anda no es compatible con la necesidad de velocidad que el abuso del auto trae consigo, uno no puede medir el andar en kilómetros por hora, el andar no se mide, pero se puede describir por medio de lo que sucede mientras se realiza. Andar permite hacer casi de todo, pero exige hacerlo de cierta manera, uno puede andar caminando o en bicicleta, pero también puede llevar el andar más allá del camino.

Además de andar por aquí o por allá, se puede andar enamorado o andar encabronado, andar de volada, o andar como los cangrejos, muchos andan papando moscas, mientras que otros andan bien ocupados. Andar es un verbo tan irregular como las acciones que representa, uno anda de mil maneras. El andar no puede acompañarse de complementos (es intransitivo, a excepción de cuando es utilizado como sinónimo de recorrer, que es una acción en sí misma), no exige palabritas que complementen su acción, andar es un verbo completo que le da forma a otras acciones.

Andar exige un espacio y por ello nos invita a salir y crearlo, hacer la ciudad el espacio en que vivimos, revisitar la metrópolis, conocerla, reconocernos en los otros andantes, juntos tomar posesión de la calle que nos pertenece y hacernos responsables de lo que en ella sucede. El andar es una manera de leer y reescribir la ciudad, andar es una manifestación, andar es oposición, andar es un arte, andar es declamar el discurso de la ciudad, andar es ser la ciudad.

[1] Corominas, J. (1976) Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana. Madrid, España : Gredos
[2] Diccionario en Línea de la Real Academia Española. Disponible en: http//www.rae.es
[3] Careri, F. (2005) Walkscapes. El andar como una práctica estética. Barcelona, España : Gustavo Gili
[4] Certeau, M. de (1996) La invención de lo cotidiano : artes de hacer. Guadalajara, México : ITESO ; México : Universidad Iberoamericana, Plantel Santa Fe, Departamento de Historia : Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos
[5] En Walkscapes, Careri nos ofrece una revisión de diversos ejemplos, pero en general los encontramos en toda la serie Land&Scape de la editorial Gustavo Gili por si se desea conocer un poco más al respecto. Mucho del trabajo que se ha realizado en el Land Art, principalmente en la década de 1970, cuenta con el caminar como elemento de la obra, Richard Long es el principal exponente al respecto.

2. Movilidad o nomadismo

La persona no existe, excepto en la ejecución de sus actos
Alfred Schutz

¡Alto! Detengámonos a pensar en el movimiento dentro de la ciudad. A dónde vamos, cuándo, cómo y por qué lo hacemos, estos asuntos se hacen indispensables al comenzar a hablar de la ciudad. Como lo hemos dicho antes, son las prácticas relacionadas a los lugares las que construyen la ciudad; la mayoría de esas ‘prácticas’ son nuestros viajes[1]. Quizá la ciudad determina nuestros viajes, o nuestros viajes determinan la ciudad, o también quizá, y dicho con un toque de seguridad, la ciudad y nuestros viajes están siempre en relación, determinándose pero nunca completándose, y ese proceso es el seno donde se gestan los lugares. Pero todo esto ya ha sido comentado en el capítulo anterior, por ello en lugar de seguir rodeando convendremos tomar un paseo por ese par de conceptos que titulan estas líneas.

La movilidad es un concepto de moda, prácticamente todos los objetos, personas, fenómenos pueden tener alguna capacidad a la que se le pueda llamar movilidad, sin embargo, habitualmente, la movilidad como sustantivo suele referirse a los viajes que uno o varios individuos llevan a cabo en un determinado territorio. En este sentido, la palabra movilidad cuenta con una sombra cuantitativa; generalmente se encuentra acompañada de estadísticas, unas veces alarmantes y otras no tanto, da la impresión de ser el embalaje ideal para proteger de las peligrosas cifras a quien la lee o la escucha. Abunda en los discursos políticos y en las notas periodísticas, para constatarlo basta utilizarla como palabra clave en cualquier buscador de la red[2]. Además, parece haber acuerdo (al menos en teoría) en el rumbo que se le debería dar a la movilidad urbana.

El modo en que nos desplazamos por la geografía terrestre es parte de nuestra
cultura. La movilidad es un proceso cultural. El habitar y movernos en el
espacio urbano es lo que va construyendo el hábitat y la ciudad como espacio de
expresión, de crecimiento, de educación y convivencia de los seres humanos.[3]


El nomadismo, en cambio, es una palabra con la que resulta un poco más difícil toparse, pero, al igual que con la movilidad, sólo es cuestión de moda. El nomadismo nace junto al hombre; la mitología y la arqueología nos remiten al inicio. De Caín y Abel a los hallazgos de rutas y parajes tan antiguos como el hombre mismo, todo nos refiere al nomadismo como inicio y quizá como precursor de la civilización, para encontrarlo basta asistir al libro especializado[4] o a las revistas de interés general. Sin embargo, a pesar de toparnos con el nomadismo con relativa frecuencia, esta palabra no figura en el lenguaje cotidiano. Quizá esto se deba al hecho de que hemos adaptado un buen puñado de sinónimos para referirnos a lo mismo: en política internacional se discute “el fenómeno migratorio”, en los municipios se planea “la movilidad urbana”, en los centros de asistencia hablan del “vagabundeo” o “el sinhogar”, en las aerolíneas se otorgan tarjetas de descuento con el nombre de “viajero frecuente”, el nomadismo está en todos nosotros, sólo que le hemos cambiado el nombre.

El nomadismo no es de ningún modo, privilegio de unos cuantos, sino que, (…)
cada quien lo practica cotidianamente. Se puede incluso afirmar que la intimidad
del hombre posmoderno ha sido modelada con él. Para domesticar el término, se
llegó a hablar de movilidad.[5]


Moverse de un lado a otro responde a una necesidad que trasciende al simple transporte; que el ser humano se desplace implica más que cambiar su posición en el espacio físico, en palabras de Maffesoli[6] “es una especie de ‘pulsión migratoria’ que incita al hombre a cambiar de lugar, de hábitos, de pareja, para alcanzar plenamente las diversas facetas de su personalidad”. Esto no es una afirmación que debe ser tomada a la ligera pues parece querer decir que esa “pulsión” hace al hombre. Para las ciudades y quienes en ellas nos movemos este es un asunto que merece nuestra atención, sobre todo recordando que nos hemos acostumbrado a no visitar menos de diez lugares al día, y que destinamos gran parte de nuestro día (¡de nuestras vidas!) a dichos viajes. Cuando alguien dice de sí mismo que vive en una ciudad, son estos viajes lo que trae a cuento, de acuerdo o no, en la mayoría de los casos a eso queda reducida la experiencia urbana.

Entonces, como ha sido dicho, todos nos movemos, no importa que aparentemente no sepamos o no podamos hacerlo. Muchas veces utilizamos medios de transporte que distan mucho de adaptarse a nuestras necesidades de movilidad, y es cuando la imagen caótica de un congestionamiento vial da la impresión de que no nos sabemos mover, aún así, la mayoría de las veces conseguimos llegar a nuestro destino. También podría afirmarse que no todos podemos movernos[7], pues en muchas ocasiones los medios o vías de transporte no son compatibles con las capacidades físicas de cada persona, aún así la mayoría consigue llevar a cabo sus viajes. En fin, independientemente de si podemos o sabemos, o no, todos necesitamos movernos; moverse es más necesario que respirar, respiramos para poder movernos. Ese impulso cuenta con una inercia con más fuerza que nosotros mismos.

-Ándale ya se murió, corre a contratar una carroza para que se lo lleven y le
den una maquilladita. Después nos conseguimos unos carros negros para
acompañarlo en caravana hasta el panteón, ahí lo enterramos por unos años hasta
que se haga polvorón, entonces lo sacamos, lo mandamos al horno y que nos
entreguen las cenizas bien moliditas, de esas aventamos un puño al río del
pueblo en que nació, otro tanto que se lo lleve el aire del cerro en donde la
conoció, y con lo que nos quede rellenamos unas relicarios bien bonitos de oro,
y así en unas urnitas todos lo llevaremos bien cerquita del corazón.


El muerto que no se mueve es un muerto olvidado, lo mismo sucede con los vivos: aquellos que no se pueden mover y no los movemos son vivos olvidados; cuando alguien está así, fácil podría afirmarse que no está. El movimiento nos ayuda a reafirmar nuestro estar, y así como los edificios no son recipientes herméticos capaces de contener su significado indefinidamente, para que estemos (seamos) en la ciudad, necesitamos cambiar de lugar, y son precisamente esos movimientos resultantes, de esa “pulsión migratoria” las que nos hacen ser ciudadanos al tiempo que nos permiten construir la ciudad; esto entendido como el acto de dotar de significado a la infraestructura urbana. Ciudad y ciudadanía son como esos hermanos siameses que no pueden separarse, o al menos no sin morir; nacen simultáneamente y mueren juntos, su concepción es resultante del andar por la ciudad.

…las motricidades peatonales forman uno de estos “sistemas reales cuya
existencia hace efectivamente la ciudad, pero que carecen de receptáculo
físico”. No se localizan: espacializan.[8]


Michel de Certeau habla de cómo el andar, crea espacio, espacializa, dice. Como resultado de esa espacialización obtenemos eso a lo que llamamos ciudad, pero no sólo eso, sino que los practicantes de esa espacialización, al hacerse presentes en el medio urbano tiene lugar su existencia como ciudadanos. La ciudadanía es una característica tan fugaz para el individuo como la ciudad lo es para la infraestructura, comienza a perderse en cuanto deja de practicarse; al igual que la vereda trazada por Richard Long, ciudad y ciudadanía comienzan a desaparecer después del último paso.

La necesidad de movimiento, de viaje, está en nosotros, no dejaremos de movernos, ahí radica la importancia de reflexionar acerca de cómo lo hacemos. Podemos salir, caminar, y con ello llevar a la calle lo que hasta aquí se ha defendido, hacer ciudad y ciudadanía; o también podemos salir, y hacer lo opuesto, utilizar la calle como equipo de conexión entre lugares y nada más.

(Ciertamente, la gente sale de sus casas, […] hasta entrar en otro lugar;
no sale a la calle. Las calles sólo funcionan como un equipo de transporte, no
como un lugar de estancia.)[9]


Entre el caminar y la conexión de lugares hay una infinidad de opciones, de medios de transporte y modos de hacerlo, por esto la propuesta del andar no se trata de elegir entre dos opciones únicas y diametralmente opuestas, caminar como única opción de transporte resulta tan inviable para cualquier ciudad como lo es hacer lo mismo con el automóvil. El andar que se propone trata de conciliar los medios y concentrarse en el modo de trasladarse. Ese es el punto a tratar en el próximo capítulo.

[1] Por viaje entendemos un evento que comienza con la partida de un lugar y que finaliza con la llegada a otro.
[2] Ó visitar el sitio http://www.cptmedios.blogspot.com/ para encontrar decenas de notas periodísticas publicadas en distintos medios impresos de la ciudad de Guadalajara.
[3] Movilidad : una visión estratégica en la zona metropolitana de Guadalajara (2001, c2001) Guadalajara, México : ITESO : Gobierno del Estado de Jalisco, Secretaría de Vialidad y Transporte : Centro Estatal de Investigación de la Vialidad y el Transporte
[4] Eliade, M. (1972) Tratado de historia de las religiones. México : Era
[5] Maffesoli, M. (2004) El nomadismo: vagabundeos iniciáticos. México : Fondo de Cultura Económica
[6] Idem.
[7] Generalmente se utilizan palabritas como invalido, minusválido, o como dice el Código Civil del Estado de Jalisco: incapaz. Peor aún, suelen acompañarse de miradas lastimeras y adjetivos o aclaraciones bastante patéticas como “el pobrecito”.
[8] Certeau, M. de (1996) La invención de lo cotidiano : artes de hacer. Guadalajara, México : ITESO ; México : Universidad Iberoamericana, Plantel Santa Fe, Departamento de Historia : Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos
[9] Fernández Christlieb, P. (2004, c2004) El espíritu de la calle : psicología política de la cultura cotidiana. Barcelona, España : Anthropos ; Querétaro, México : Universidad de Querétaro, Facultad de Psicología

29.11.08

¼ Advertencia


Si bien este texto ha sido redactado esporádicamente a lo largo de un año y sus partes han emergido en desorden, su intención nada tiene que ver con el azar, pues ésta es sólo una: Andar: una propuesta para habitar la ciudad insta al lector a salir de la comodidad que la recámara, el sofá, las lamparitas y el automóvil otorgan, para aventurarse en la ciudad, y con esto, hacer de las áridas calles, acelerados caudales; de las erosionadas banquetas, vívidos manglares; y de los parques y plazas, profundos mares. La invitación es afuera; a hacer de los lugares exteriores, espacios habitables. Que la ciudad sea el escenario y la ciudadanía el ensayo. Como método para la redacción de Andar… se utilizaron paseos por otros textos, discusiones entre amigos, charlas con desconocidos, traslados en camión y automóvil, captura de videos y fotografías, malabares con un blog, paseos a pie y en bicicleta, navegación en Internet, caminatas por calles, banquetas y veredas, y, principalmente, por la práctica misma del andar.

La lectura de este trabajo es nada si se le compara con una vivencia allá afuera, jamás se asemejará a la sensación de andar en la calle, pero si después de esta breve advertencia el lector insiste en continuar, ansío que en algún momento deje de lado el documento, se calce y salga a ser parte de la ciudad.

Habítela.

27.11.08

1. Caminar para construir


El espacio es totalmente simbólico
Pablo Fernández Christlieb

Alterar físicamente los elementos de un paisaje es considerado un acto de modificación espacial, pero pocas veces nos percatamos de cómo otras actividades más fugaces o efímeras relacionadas a nuestra presencia o permanencia en un lugar, pueden afectar el paisaje tan drásticamente, o quizá más, de lo que se puede cambiar con el ejercicio de la arquitectura.
Nos es difícil afirmar que un paisaje[i] ha cambiado si la manera en que se nos presenta difiere a como lo había hecho previamente. Por ejemplo, si un árbol es plantado en el centro de un valle que conocimos cuando era una llanura sin árboles, afirmaremos que ese lugar ha cambiado ya que sus elementos cuentan con un nuevo acomodo, y esto configura un nuevo paisaje. Sin embargo, la manera en que se nos presentan paisaje no depende únicamente de los elementos que lo componen, sino también de la manera en la que nos situamos en él; es distinto observarlo desde una loma aledaña que desde su punto más bajo, detenidos en un punto que recorriéndolo. En un recorrido un espacio se reconfigurará dependiendo de la dirección en la que nos movamos puesto que las imágenes, sonidos, olores y sensaciones corporales obedecerán a nuestra situación respecto a los otros elementos que lo componen. Es decir, los elementos que constituyen cierto espacio desfilarán ante nuestros sentidos obedeciendo a las características de nuestro recorrido. Los elementos que componen el espacio bien pueden ser los fenómenos geográficos y meteorológicos, vegetación y población animal, posición del sol, luna o estrellas, modificaciones en el espacio obra de la actividad humana, los individuos o grupos que se encuentren alrededor, y, quizá el elemento más importante seamos nosotros mismos. Un espacio está compuesto por todos los elementos involucrados en el hecho de que ese espacio sea percibido de una determinada manera.


(Un lugar es una configuración instantánea de posiciones. Hay espacio en cuanto que se toman en consideración los vectores de dirección, cantidades de velocidad y la variable del tiempo. El espacio es un lugar practicado).[ii]


Además de apuntar que los espacios son definidos por el modo en que se nos presentan es importante aclarar que esto depende de nuestra presencia, si no nos hacemos presentes en un espacio este no será transformado. Esto quiere decir que no basta con mirar, sino que es necesario estar: mirar una fotografía no modifica en absoluto un espacio porque la fotografía no es el espacio, de la misma manera en que una vista aérea o un viaje a alta velocidad tampoco lo consiguen ya que la percepción capaz de modificar un espacio requiere cierto detenimiento, sólo de esta manera podremos estar en un lugar, y estar ahí significa ser, también, parte del lugar.



“La fuerza de una carretera varía según se la recorra a pie o se la sobrevuele en aeroplano. (…) Tan sólo quien recorre a pie una carretera advierte su dominio y descubre cómo en ese mismo terreno, que para el aviador no es más que una llanura desplegada, la carretera, en cada una de sus curvas, va ordenando el despliegue de lejanía, miradores, calveros y perspectivas como la voz de mando de un oficial hace salir a sus soldados de sus filas”[iii].



La ‘fuerza’ que Benjamin en Dirección Única le atribuye a la carretera, la poseen, en potencia, todos los espacios, sin embargo esa ‘fuerza’ únicamente puede ser posibilitada a través de nuestros sentidos; si nos permitimos descubrir y experimentar un lugar su ‘fuerza’ emergerá sin obstáculos; y, quizá la mejor manera de conseguirlo sea el recorrido a pie. La velocidad del caminar nos permite apreciar con detalle imágenes, sonidos, olores y el ambiente en su totalidad, y además facilita la interacción con los elementos que componen cierto espacio. Caminar es una vía que nos permite no sólo descubrir un lugar, sino realmente estar y por ello ser parte de un espacio.
Richard Long, un artista quien define su obra como “arte hecho al caminar en paisajes”[iv], se posicionó como representante del Land Art con una intervención en la que hace patente la metáfora del caminar como acto de transformación espacial. A line made by walking (1969), consta de la fotografía de un llano cubierto de pasto que es atravesado a lo largo por una línea trazada a pasos hasta formar una vereda. En su momento A line… dio una sacudida al mundo del arte occidental, consiguiéndolo al poner en evidencia la relación entre la consistencia y fugacidad de una marca dejada por caminar en el campo, que fue totalmente evidente al momento de tomar la fotografía pero que comenzó a desaparecer después del último paso.


A pesar de que la fotografía muestra claramente al caminar como un acto de modificación del paisaje, hay que señalar que esto se consiguió gracias a algunas particularidades de dicho paisaje pues se trata de un entorno rural y con una superficie suficientemente suave como para ser marcada con pasos, y por esto no deja de ser complicado imaginar cómo la misma actividad puede transformar otro tipo de paisajes cuya superficie tiene menor capacidad para retener las huellas, como la ciudad. En Walkscapes, Francesco Careri[v] propone que la transformación del espacio no precisa de una labor arquitectónica, sino que dicho cambio puede ser llevado a cabo mediante el caminar, pues la variación de las percepciones que se reciben del mismo cuando es atravesado “constituyen ya formas de transformación del paisaje que, aunque no hayan dejado señales tangibles, modifican culturalmente el significado del espacio y, en consecuencia, el espacio en sí mismo”. Poco después toma esa idea y la lleva a territorio urbano:


“…el andar es un instrumento estético capaz de describir y de modificar aquellos espacios metropolitanos que a menudo presentan una naturaleza que debería comprenderse y llenarse de significados, más que proyectarse y llenarse de formas.”[vi]



Volviendo con A line…, no hay que olvidar que se trata de una obra que hace evidente un suceso que a primera vista es invisible: la transformación que sufren los espacios al ser caminados. En la ciudad no encontramos esa transformación en las banquetas, no está en las huellas que nuestro calzado podría dejar en el pavimento, sino que ésta radica en lo que la ciudad misma significa para nosotros. Las marcas en el pavimento pueden pasar desapercibidas porque en la ciudad cada elemento de la infraestructura urbana es relevante en la medida en la que juegue un papel protagónico en la vida diaria más allá de sus características físicas. Podríamos considerar la infraestructura de las ciudades como recipientes del significado que poseen, esto implica que cuentan con una forma que los hace más o menos aptos para ciertas cosas, pero hay que aclarar que esto no es completamente determinante: por ejemplo, generalmente uno asociaría los estadios deportivos o centros de convenciones con eventos para el disfrute de la población, pero recordemos cómo en el 2006 en Nueva Orleans después del paso del huracán Katrina éstos funcionaron como albergues, o incluso como morgues improvisadas. Pensando en ejemplos menos radicales preguntémonos cuántas veces ha sucedido que la administración de alguna ciudad desea celebrar el aniversario de un héroe de la historia nacional inaugurando un parque con su nombre y en su honor, pasan un par de meses después de la ceremonia y pocas veces se ve a alguien disfrutando del parque, y al cabo de algunos años este lugar está tan olvidado que se convierte en un vacío dentro del territorio urbano.
Jardines, bancas y áreas de juego no bastan para hacer un parque, sino que éste se construye con la presencia de los niños corriendo y jugando, los viejos paseando y los novios tomados de la mano:


Voy a salir a caminar solito
Sentarme en un parque a fumar un porrito
Y mirar a las palomas comer el pan que la gente les tira
Y reprimir el instinto asesino[vii]


La infraestructura urbana como recipiente no puede contener una carga simbólica indeterminadamente, se puede ilustrar, tratando de no forzar la comparación, pensando en la infraestructura urbana como recipientes incapaces de sostener su significado pos sí solos, es como si éste se escurriese constantemente y la única manera de mantenerlos llenos es continuar llenándolos de significado indefinidamente. La infraestructura urbana sólo puede contar con un sentido en la medida en la que alguien se lo otorga, por esto sería incorrecto hablar de un parque abandonado, ya que al evocarlo, mencionarlo o pasar frente a él y mirarlo se le otorga ese significado de ‘parque abandonado’, pero en cuanto el transeúnte o quien lo refirió en una conversación lo dejan atrás, ese lugar se vuelve de nuevo un espacio vacío, un hueco, un no-lugar, ni siquiera un parque abandonado. Son las prácticas relacionadas a los lugares las que dotan de significado y las construyen, y no es demasiado arriesgado afirmar que el caminar es el medio ideal para conseguirlo, de ahí el título ‘Caminar para construir’, pues el caminar es una actividad que acerca los lugares al caminante, forzándolo a estar en ellos mientras los recorre y al tiempo en que los percibe, los piensa y esta actividad tiene como resultado la construcción de la ciudad. Es como si los pasos iluminaran su trayecto dotando de significado un territorio invisible.


[i] ¿Qué otra cosa es un paisaje sino la culturización de la naturaleza, o que es lo mismo, la naturalización de una cultura? Maffesoli, M. (2004) El nomadismo: vagabundeos iniciáticos. México : Fondo de Cultura Económica
[ii] Certeau, M. de (1996) La invención de lo cotidiano : artes de hacer. Guadalajara, México : ITESO ; México : Universidad Iberoamericana, Plantel Santa Fe, Departamento de Historia : Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos
[iii] Benjamin, W. (1990) Dirección Única. Madrid : Alfaguara
[iv] “Art made by walking in landscapes”, rescatado de: http://www.richardlong.org/ el 13 de octubre de 2008.
[v] Careri, F. (2005) Walkscapes: el andar como una práctica estética. Barcelona : Ed. Gustavo Gili
[vi] Ídem.
[vii] Andrés Calamaro, Loco. Alta Suciedad (1997) : WEA Internacional

½. Del engrane al zapato


El transporte es quizá uno de los mayores retos de los planeadores de la ciudad contemporánea, esto quiere decir también que conseguir llevar a cabo los recorridos diarios es uno de los problemas más grandes a los que se enfrenta la ciudadanía. Transportase en la ciudad nunca había sido un asunto sencillo, pero el problema se fue agravando a mediados del siglo XIX cuando la demanda de obreros en la ciudad se incrementó exponencialmente. Millones dejaron el campo y comenzaron a trabajar para la industria, entonces nace una nueva necesidad, la de de llevar a cientos de personas de sus casas a una fábrica y de regreso. La industria comenzó a brindar soluciones que funcionaban un tiempo, pero que, al no dar el abasto necesario se iban volviendo obsoletas. En algunos casos los tranvías jalados por mulas no fueron suficientes, entonces hubo quien optó por el tren suburbano o el metro. Tiempo después la misma industria que requería esa inmensidad de mano de obra y que había generado el modelo T de Ford, abarató la producción de automóviles hasta el punto en que la mayor parte de la clase trabajadora pudo adquirir uno, eso trajo consigo la independencia y falsa libertad que el coche nos otorga. Ahora ya no era necesario ser vecino de la fábrica, uno podía vivir a kilómetros de su lugar de trabajo y aún así llegar a checar la tarjeta a las 9 de la mañana y volver para estar a las 6 en casa para comer.
La carrera por hacer nuestros viajes más cortos ha sido saboteada por nosotros mismos: mientras que diseñamos la tecnología para transportar más personas en la menor cantidad de tiempo, nos empeñamos –quizá sin saberlo– en alargar las distancias de nuestros recorridos diarios. Esta situación se hace evidente en la gran cantidad de recursos que la industria invierte en el desarrollo y producción de nuevos medios de transporte que faciliten la ilusión de un viaje más corto, más cómodo, veloz, seguro, económico y con menor cantidad de plazas.
Simultáneamente a esta carrera tecnológica por los medios de transporte, las ciudades con tendencia al desarrollo horizontal continúan extendiéndose y dividiendo temáticamente el territorio. Proliferan zonas exclusivamente residenciales, comerciales o restauranteras que multiplican la distancia de los recorridos diarios, dificultan la movilidad y justifican las cuantiosas sumas de dinero que son invertidas por la industria y el gobierno en el desarrollo de nuevos medios de transporte. Al incrementarse las distancias en estas ciudades temáticas, surge la necesidad de un incremento en la velocidad de los viajes de toda la ciudadanía, situación que no distingue clases sociales ni vehículos, afecta de igual manera al ejecutivo que viaja en un sedán de lujo, al estudiante que utiliza el transporte público, o al repartidor en motocicleta; todos necesitamos ir más lejos y el tiempo que tenemos disponible para los viajes sigue siendo exactamente el mismo, la única alternativa para llevar a cabo nuestras actividades diarias es acelerar nuestros viajes. Un repartidor de pizza sigue teniendo los mismos treinta minutos para entregar el pedido en la puerta de los comensales, la diferencia es que hace algunos años las pizzerías estaban localizadas en puntos estratégicos con varios núcleos residenciales a una distancia relativamente corta, la pizza generalmente llegaba caliente y a tiempo. Ahora las pizzerías no pueden estar en medio de un fraccionamiento, tienen que establecerse en los límites de éstos en una zona especialmente designada como “comercial”, entonces el repartidor tiene que viajar con el pedido por una distancia mayor, y no sólo eso, tiene que hacerlo sorteando el tráfico de la hora de la comida, pues el lugar de trabajo, la escuela, o el supermercado de donde vienen los miles que van a comer en sus casas, comparten la única vía de acceso con el repartidor. Generalmente la pizza continúa llegando a tiempo, la diferencia es que el viaje que realizó el repartidor resulto mucho más agresivo para él mismo y para todos aquellos con quienes se cruzó en el camino, el repartidor tuvo que sortear más obstáculos y tuvo que ir más rápido, esto no sólo incrementa la posibilidad de un accidente, sino que al ir más veloz la peligrosidad del accidente también crece. ¿Qué pasaría si invirtiéramos la tendencia, si en lugar de buscar medios mecánicamente más complejos cada quien se empeñara en utilizar medios más peatonales?