Mostrando entradas con la etiqueta Automóvil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Automóvil. Mostrar todas las entradas

29.5.08

Liberar las banquetas (ayúdenme con las frases)

Nunca me hubiera imaginado que pasear al perro o ir a la tienda se convertirían en actividades de alto riesgo. Disfruto de salir a caminar después de cenar, pero temo que al hacerlo pueda morir de indigestión. ¿Acaso será tan difícil procurar mantener los automóviles alejados de las banquetas y los pasos peatonales?

Me fastidia de tener que bajarme de la banqueta cada que hay un coche en mi camino, el otro día casi atropellan a mi perro porque alguien no conocía el significado de las franjas amarillas que hay (o debería haber) en cada esquina. Peor aún, ver cómo señoras con carreolas, niños y señores con muchos años en la cuenta tienen que hacer exactamente lo mismo.

De un par de semanas para acá comencé a mover los espejos retrovisores de esos coches ‘mal estacionados’, pero pensándolo bien no me parece muy buena idea; Un conductor podría imaginarse un millón de cosas antes de creer que un peatón le movió los retrovisores (cómo va a imaginarse un peatón si no sabe que es eso). Por ello decidí que tenía que hacerle saber el motivo de mi coraje, y creo que la mejor manera de hacerlo es dejándole un regalito sobre su carro, fijado con engrudo para que no se lo lleve el viento y que le cueste un poco de trabajo quitarlo.

Ésta es la imagen que voy a imprimir en blanco y negro, después separar los dos pies y finalmente pegar uno delante de otro. Vienen en pareja, para las banquetas y para los pasos peatonales. Les pido ayuda con las frases, la idea es que al verlas, el dueño del coche no odie más a los peatones, sino que entienda que metió la pata al estacionarse ahí.

8.5.08

4¼. OXÍMORON: El hábitat sin habitantes


Una ciudad sin que nadie ande en ella suena improbable, sin embargo, al pensarlo nos resulta una imagen familiar.
Tal vez esto último ha sido causado por alguna de esas películas gringas en las que se muestra Nueva York completamente deshabitado, donde sus pobladores fueron aniquilados por un meteorito, el calentamiento global o los marcianos. El hecho de mirar en la pantalla al príncipe del rap (o a cualquier otra superestrella de acción) caminando por Broadway sin la compañía de hordas de turistas chocando hombros con los apurados trajeados, el incesante sonar del claxon de los taxis junto a las limosinas negras y polarizadas, los humeantes changarros de hot dogs, falafel y cacahuates garapiñados de a dólar, repartidores suicidas en bicicletas sin frenos, supermodelos desveladas ansiando cocaína, y demás imágenes que suelen mostrarnos en las mismas películas localizadas en dicha ciudad, es una imagen muy seductora, prueba de ello es que las superproducciones que utilizan esta fórmula consiguen recaudar suficiente dinero como para colonizar la luna. Creo estoy exagerando, pero es un hecho que reúnen suficiente como para gastar más en el próximo rodaje y aumentar en millones el sueldo de los actores.
O, quizá nos resulta familiar por que algún momento de nuestro deambular por la ciudad nos hemos visto en la desagradable necesidad de involucionar a aquella primitiva especie mejor conocida como ‘peatón’. Si así fuera, es muy probable que nos encontráramos en una ciudad, en medio de una multitud y nos hallamos sentido solos, olvidados, como flotando en éter y viendo no más que oscuridad a la distancia (creo que estoy exagerando de nuevo). Sí éste fuera el caso, las preguntas habrían comenzado a aparecer: después de haberse tropezado con la raíz de un árbol -¿por qué fregados los políticos, en vez de dedicarse a subirse el sueldo, no arreglan las banquetas?; al subir y bajar un puente peatonal para cruzar la avenida -¿por qué tengo que desviarme yo que voy a pie cuando todos ellos vienen haciendo un montón de ruido, contaminando como ganado, y, para acabarla, de mal humor?; al ir en camión -si no sobrevivo ¿me iré al infierno?; al caminar en medio de una multitud -¿por qué nadie voltea a verme, me he quedado sin rostro, o será un complot?; y así, el nivel de paranoia aumenta en la misma proporción en que la cordura disminuye. Acto seguido: caer en la cuenta de que en la ciudad sobra gente y faltan personas.
Será que esa imagen de la ciudad vacía no es producto de la imaginación, sino que ya la llevamos en la memoria.

24.4.08

¿Infraestructura para una ciudad avanzada?

No hay mucho que escribir respecto a una imágen que lo dice todo, vale más preguntarnos si preferimos vivir horas y horas de nuestros días estacionados en kilometros de pasos a desnivel o avanzar en medios más económicos, saludables, sostenibles, sociales, divertidos, eficaces....

3.4.08

3½. Andar ¿En coche?

El automóvil como principio de desarrollo de la ciudad está cambiando drásticamente lo que la ciudad misma significa para nosotros. La ciudad está dejando de ser el medio de interacción de los individuos para convertirse en el espacio de circulación entre dos puntos que generalmente son espacios privados. Lo que antes era el lugar de confluencia y convivencia humana, donde se jugaba, se conocía gente, se platicaba o se pensaba, es ahora un lugar de paso, un lugar en que no nos hemos detenido a conocer, a observar, donde las ventanas polarizadas no nos han permitido escuchar, oler, sentir ni ver, un lugar donde el otro está a mucho acero de distancia. El automóvil se ha convertido en un exoesqueleto, nos permite ser máquinas, tratarnos entre automovilistas como máquinas, comunicarnos con el claxon o el cambio de luces; al estar protegidos por una tonelada de acero y alta tecnología el peatón se vuelve un ser tan simple, tan vulnerable, tan ajeno y tan prescindible. Un automóvil también nos brinda la ilusión de velocidad, cientos de caballos de fuerza domados por tu pie derecho, nada más falso, en una pista o en una carretera un convertible alemán puede alcanzar los 300 k/h, pero cuando las vías están obstruidas por miles de personas con el mismo anhelo de velocidad una bicicleta puede convertirse en la opción más rápida de traslado. Dudo mucho que a aquél que invirtió cientos de miles en un vehículo que puede llevarlo a velocidades suprahumanas le agrade la idea de ser rebasado por tipo montado en un vehículo que cuesta lo mismo que una llanta de su coche, y que, finalmente, es más deportivo que el suyo.